26 de enero de 2016

Me podría presentar como la madre de una niña con Tda, ósea, con trastorno por déficit de atención, pero la verdad es que no me parecería justo. ¿Alguien se presenta como la madre de un niño con asma, o de un adolescente con acné?

Pero a pesar de todo, he de decir que tengo una hija adolescente  fantástica que presenta Tda. Y resumir aquí mi experiencia hasta el día de hoy no va a ser sencillo, ya que durante todos estos años hemos tenido momentos para todo.

Mi niña desde que nació ha sido una buena, tranquila, comilona y dormilona niña…vamos, como para quejarnos!. Pero cuando cursaba 3º de infantil, la profesora (fantástica por cierto) nos reunió para decirnos que algo no iba bien. Era consciente de que a la niña le pasaba algo, pero ella era incapaz de saber cuál era el problema. Y ahí empezó el calvario.

Aceptaron  hacerle una valoración a pesar de ser menor de 6 años y el resultado fue normal, no había ningún problema. Pero la profesora no estaba nada conforme, con lo que pidió una segunda valoración, que por cierto consiguió, con el mismo resultado.

Así las cosas llegamos a primaria y el desastre fue monumental. La pobre era incapaz de leer o escribir; a la hora de hacer los deberes se escondía debajo de la mesa y lloraba mientras decía que ella era tonta; y mientras, nosotros, nos enfadábamos y nos sentíamos totalmente impotentes ante la situación.

Decidimos acudir a un psicólogo infantil, quién después de pasarle unas pruebas nos dijo que la niña era inteligente, que no nos preocupáramos  ya que parecía un simple caso de falta de madurez. Tela!  Pero la cosa no iba nada bien, era incapaz de hacer los exámenes, los rellenaba sin sentido para que el resto de sus compañeros no fuera consciente de la situación…

Totalmente desesperados tiramos de páginas amarillas y encontramos un gabinete, Ikasbila. Nos daba un poco igual si era bueno, conocido… era lo mismo. Necesitábamos ayuda urgentemente.

El diagnóstico fue rápido y clarísimo. Como ellas dicen muchas veces, era un Tda como una casa.

Desde entonces hemos pasado momentos muy duros, pero contar con el apoyo de un gabinete es fundamental, tanto para la niña como para nosotros.

El problema ya no solo era escolar. La falta de autoestima y la frustración de la niña era importante, por lo que había que trabajar para recuperar esa confianza en sí misma y que se viera como la persona capaz que podía ser. Fue muy muy duro; por un lado había que trabajar muchas horas para conseguir simplemente un 5 y por otro, había que conseguir mantener a la niña a flote. Cada suspenso suponía un golpe para ella, y no podíamos dejar que desistiera.

A pesar de que desde el Gobierno Vasco y Educación se marcan pautas a seguir en el aula, al final todo se resume a que el profesor de turno “crea” en el trastorno  o no. Y bastantes problemas tenemos ya las familias, porque es algo que arrastra a la familia al completo, como para encima tener que lidiar con eso.

El Tda está plenamente reconocido como un trastorno. ¿Acaso alguien duda si un niño es diabético o si tiene asma?. Pues esto debiera ser igual. Son niños con un diagnóstico acompañado por informes médicos y con un tratamiento, en nuestro caso tanto farmacológico (decisión difícil de tomar) como terapéutico.

Gracias a ese trabajo que llevamos haciendo desde los 6 años, hemos llegado a los 14 con una niña feliz, que ha conseguido aprobar todos los cursos, lo cual para ella es muy importante. Sigue trabajando muy duro y toma una medicación sobre la que mantengo mis reservas a pesar de que sé que no puede estudiar sin ella. Hemos renunciado a muchas cosas, ya que el tiempo libre en nuestro caso es una utopía, pero ahora mismo, ella se conoce perfectamente, sabe cuál es su situación y la tiene perfectamente asumida. No es más rebelde que cualquier otra niña de su edad, ni comete locuras por esa impulsividad que le caracteriza, es ¡sólo una adolescente!

Yo había leído casos de niños con este trastorno que me abrumaron y me asustaron pensando lo que podría llegar a pasar. Sé que aún es pronto, porque sólo tiene 14 años, pero la experiencia hasta el día de hoy me dice que con trabajo, ayuda y rutina, mucha rutina, estos niños no es que sean menos que nadie, es que pueden ser más: conocen el valor del esfuerzo y el trabajo; se han levantado tantas veces después de una caída que son conscientes de que a la próxima sabrán sobreponerse y además valoran todo lo que tienen porque lo han conseguido ellos.

  • Madre de una adolescente de 14 años.

    Usuaria del servicio psicopedagógico de Ikasbila

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