El sueño es uno de los estados más comunes en la vida de cualquier ser humano, ya que, en condiciones normales, pasamos cerca de un tercio de ella durmiendo.

La misión del sueño es la de recuperar el desgaste producido por la actividad realizada durante la vigilia, recuperación que compensa tanto el cansancio y la fatiga física como la psíquica.

Las necesidades individuales del sueño varían ampliamente de unas personas a otras. De hecho, ya desde la infancia se observan las preferencias individuales de cada niño para dormir más o menos horas, e incluso por trasnochar o madrugar.

Las alteraciones o trastornos del sueño frecuentemente son la señal de que algo no marcha bien.

Se califica como Insomnio a la dificultad persistente para obtener un sueño reparador, debido al retraso en el inicio del sueño (insomnio de conciliación o de inicio), a frecuentes interrupciones durante la noche (insomnio de mantenimiento), o bien, a un despertar temprano (insomnio tardío o terminal).

Todas las personas, a lo largo de nuestra vida, sufrimos episodios de este tipo en momentos puntuales, ya sea por estrés, problemas familiares, preocupaciones excesivas, inestabilidad emocional…; pero el diagnóstico de insomnio primario requiere que se cumplan ciertas pautas claras: la alteración del sueño debe provocar malestar clínicamente significativo y no ser consecuencia del padecimiento de otro trastorno, enfermedad médica o de la ingestión de alguna sustancia.

Síntomas de preocupación

Es preocupante y debe ser valorada la situación por un especialista cuando:

  • Observamos dificultad para iniciar o mantener el sueño o no tener un sueño reparador, durante al menos un mes.
  • La alteración del sueño o la fatiga diurna asociada provoca malestar clínicamente significativo, o bien deterioro social, laboral, o de otras áreas importantes de la persona.
  • La alteración del sueño no se puede asociar con los efectos fisiológicos directos de una sustancia (fármacos, drogas…), o de una enfermedad médica específica.